Derecho al voto

En días recientes ha habido mucha controversia y aún mayor discusión sobre el derecho al voto. Se ha debatido sobre si este derecho debe ser para todos los ciudadanos o limitado e incluso condicionado.

Independientemente de posturas, argumentos o declaraciones controversiales, en esta ocasión me limitaré a hacer un breve recorrido por la historia del voto y su panorama actual en México.

En la antigüedad, no existía el voto tal y como lo concebimos hoy. Los gobernantes, en especial los monarcas, eran elegidos (supuestamente) por Dios. En consecuencia, su actuar no podía ser revisado ni mucho menos combatido. Lo anterior dio pie a siglos de monarquías absolutas, déspotas y tiránicas.

Esta situación era la norma en todo el mundo. No obstante, gracias a la revolución francesa y la eliminación de su monarquía, en 1789 se redactó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Dentro de su novedoso y variado articulado, el sexto consagraba como derecho contribuir para la elaboración de la ley y el ser elegido para cualquier dignidad, cargo o empleo públicos.

Dos años después, en 1791, Olympe de Gouges redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Al igual que en la Declaración antes mencionada, en su artículo sexto establece el derecho al voto y a ser votadas. Cabe recalcar que este documento fue uno de los primeros en el mundo en proponer la igualdad del hombre y la mujer ante la ley.

En el continente americano, para el año 1870 los Estados Unidos de América ya había realizado varias enmiendas a su Constitución de 1791. La décima quinta estableció que el voto era un derecho que no podrá ser negado o menoscabado por motivos de raza, color, o anterior condición de esclavitud.

Posteriormente, después de la segunda guerra mundial, en 1948 se aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En su artículo 21, establece toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país, a acceder a las funciones públicas de su país y que el sufragio debe ser universal e igual.

Ahora bien, una vez realizado el breve recorrido sobre la historia del voto en el mundo, pasemos a nuestro país. Actualmente, ¿cuál es el panorama para nosotros los mexicanos?

En primer lugar, hay que hacer una distinción. Votar no es un derecho humano de los mexicanos en general, es un derecho de la ciudadanía. Es decir, tal y como lo establece la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (CPEUM), son ciudadanos aquellos que, además de tener la calidad de mexicanos, cumplieron los 18 años y cuentan con un modo honesto de vivir.

Al ser un derecho humano, cuenta con garantías para su protección y de igual manera, todas las autoridades deben promover, respetar, proteger y garantizarlos, de conformidad con los principios de universalidad, interdependencia, indivisibilidad y progresividad.

Por un lado, la universalidad de los derechos humanos quiere decir que todas las personas gozan de este derecho por el simple hecho de existir; aunque, en este caso, ya vimos cuál es la limitante constitucional. Por el otro lado, la progresividad implica que los derechos irán evolucionando y ampliándose. De ninguna manera puede haber retrocesos en los derechos una vez que ya fueron reconocidos.

El análisis jurídico antes realizado va encaminado a un punto: no se puede revocar ni mucho menos condicionar el derecho al voto por motivo alguno. Votar es un derecho humano y derecho político electoral que cuenta con protección constitucional y legal para evitar su vulneración.

La virtud y triunfo de la democracia es que mediante el voto todos y todas podemos hacernos escuchar en las urnas. Sin importar la condición socioeconómica, religión o educación, todos los votos cuentan con el mismo peso.

Esta gran victoria no se dio de la noche a la mañana. Implicó siglos de lucha por el reconocimiento de nuestros derechos. Pareciera que la historia ha caído en oídos sordos; sin embargo, hoy en día, el hecho de que todos los votos tengan el mismo valor y peso es una de las grandes conquistas de la sociedad, el derecho y la humanidad. Defender este derecho no sólo es un deber, sino una obligación de todos aquellos que gozamos de este gracias a los esfuerzos y batallas de las generaciones pasadas.